Cementerio 0

Tenía 34 años y en pocos meses me he plantado en los 80. Los dientes se me han caído, el cuerpo se me ha encorvado y estoy atado a un sillón sin posibilidad de entrar o salir de él sin ayuda. Casi no veo: las cataratas me han cubierto los ojos y ya sólo puedo percibir la silueta de los objetos, deformados por una especie de plasticidad que los hace parecer de gominola. Respiro a duras penas y siento cómo se aproxima ese momento en que he de hacerlo por última vez. Pero antes de que llegue, exijo mi derecho al pataleo y elevo un ácido lamento: ¿a santo de qué quise un día ser escritor? Aquella estúpida manía me ha llevado en un puñado de semanas de la vital treintena a los renqueantes últimos instantes de un octogenario.

Maldigo el día en que tuve la ocurrencia de abrir una bitácora. Maldigo el día en que comencé a tener seguidores que leían las estúpidas ideas con que mataba las horas. Y maldigo el día en que subí aquella novela, Encrucijada, la primera que fui capaz de pergeñar, y la ofrecí gratuita a quien quisiera tomarla y leerla.

Al principio, muy pocos fueron los comentarios que recibí. Casi todos tibios y moldeables, sin espinas que amenazaran con apuñalarme el ego. Hasta que un día…

Titán dijo…
Impresentable. Eso es usted. ¿Cómo se atreve a jugar con el prójimo de esta manera? Su novela es insufrible. Tenga vergüenza torera y retírela de inmediato. Evite que otro incauto como yo pique de nuevo con ese puré de letras.

17 de noviembre de 2012  09:13

Estaba preparado para recibir críticas, pero confieso que esas palabras me hicieron daño. Sin embargo, respondí con cortesía:

J. Stanley dijo…
Señor Titán, lamento que mi novela le haya defraudado hasta el punto de producirle una indignación tan acentuada. Puesto que era gratuita, no puedo ofrecerme a devolverle importe alguno, de manera que pudiera así compensarle, pero al menos permítame expresarle mis excusas por el tiempo que su lectura le ha hecho perder. Reciba mis saludos.

17 de noviembre de 2012  15:42

Titán dijo…
No querrá que me sienta complacido por su respuesta, ¿verdad, señor Stanley? ¿Cree que unas cuantas palabras obsequiosas pueden reparar su yerro? Pues, si es así, está muy equivocado. No las acepto. Evíteme esos balbuceos vacuos y, si sus excusas son verdaderamente francas, disponga la manera de enmendar el desatino que ese boceto de novela supone y devuélvame las dos horas que desperdicié en su lectura.

18 de noviembre de 2012  00:14

Me sentía tan deprimido que caí en una especie de somnolencia conmovedora. ¿Qué podía hacer sino conceder que la propuesta era justa? Y, al fin, ¿qué eran dos horas en la vida de una persona? Yo era joven y me quedaban tantas por delante… De modo que acepté:

J. Stanley dijo…
Tiene razón, señor Titán. Se las envío por mensajería urgente. Confío en que sepa aprovecharlas mejor de lo que yo lo hice al emplearlas en esa novela que tanto disgusto le ha causado.

18 de noviembre de 2012  11:56

Y entonces comenzó aquel rosario de comentarios en mi bitácora, en tan grande número, que en más de una ocasión colapsaron al mismísimo Blogger. Uno tras otro, los Titanes se sucedieron…

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Nota del transcriptor: Algunos meses después de que el señor Stanley muriera, poco después de que escribiera los párrafos del inicio, se añadió una nueva entrada a la Enciclopedia Británica:

Stanley, James (1979-2013): escritor británico nacido en Wells, condado de Somerset, y conocido por una sola novela, de títuloCementerio Encrucijada, que, ofrecida gratuitamente en internet, causó furor y consiguió más de doscientos mil lectores en el transcurso de unas pocas semanas. El tráfico a la página del autor fue tan intenso en tan poco tiempo que llegó a ocasionar serios problemas al proveedor Blogger, obligando a su cierre en varias ocasiones. James Stanley murió con 34 años a causa de una extraña dolencia que hizo envejecer su cuerpo con una celeridad inexplicable para la ciencia. Sus restos reposan en el cementerio de Wells, que se ha visto obligado a adoptar medidas extraordinarias para la protección de la tumba del escritor, profanada a menudo con enigmáticos grafitis que reclaman dos horas de vida.

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