Aprender a ser escritor

Es casi seguro que todo aquel que desea ser escritor se ha preguntado alguna vez si el poeta nace o se hace. Esto es, si hay que venir a este mundo con cierta condición innata que te llevará a componer buenas historias o, sobre todo cuando uno encuentra obstáculos insalvables y cree que él no es uno de los afortunados con el dichoso gen, si es posible aprender el arte de la escritura.


Ser escritor

Se puede aprender a ser escritor.



Yo lo he hecho. Quiero decir: yo me lo he preguntado muchas veces. Casi siempre he optado por el se hace, por aquello de ser optimista; otras, en cambio, he derivado hacia la negativa respuesta del nace. Pues bien, para James Scott Bell, creer que no se puede aprender a escribir es la Gran Mentira, o al menos así la llama él en el prólogo de su libro Plot and Structure. Basado en su propia experiencia, el prólogo es un canto al optimismo para aquellos que, de vez en cuando, desfallecen y creen que nunca lo lograrán. No es así, según Scott Bell. Con esfuerzo y dedicación, se puede aprender ser escritor.

La buena noticia

Desperdicié 10 años de escritura en la flor de la vida debido a la Gran Mentira.

Cuando aún me encontraba en la veintena, abandoné el sueño de ser escritor porque se me había dicho que el arte de escribir no podía enseñarse. Los escritores nacen, dice la gente. Naces con esa aptitud o no, y si no naces con ella, nunca la adquirirás.

Mis primeros esfuerzos en el mundo de la escritura no la mostraban y pensé que estaba condenado al fracaso. Aparte de mi profesora de Secundaria, la señora Marjory Bruce, nadie más me había animado.

En la universidad, seguí un curso impartido por Raymond Carver. Miraba las cosas que él escribía y las comparaba con las mías.

No era lo mismo.

“Porque el arte de escribir no puede enseñarse”.

Empecé a creérmelo. Llegué a creer que no poseía esa actitud y que nunca la tendría.

De modo que me dediqué a otras cosas, como matricularme en Derecho, trabajar para un despacho de abogados y abandonar mi sueño.

Sin embargo, el gusanillo de la escritura no se marchó.

Cuando tenía 35 años, leí una entrevista a un abogado que había publicado una novela. Y lo que dijo me llegó al alma. Contó que una vez sufrió un accidente en el que casi muere. En el hospital, consciente de la segunda oportunidad para vivir que se le daba, decidió que lo que de verdad quería hacer era convertirse en escritor y que, por tanto, escribiría y escribiría, incluso si no llegaba a publicar, porque era lo que en realidad deseaba hacer.

Bueno, yo también lo quería.

Pero la Gran Mentira todavía estaba allí, merodeando por mi cerebro, burlándose de mí. En especial cuando comencé a estudiar el oficio de escritor.

Salí y me compré mis primeros libros sobre cómo escribir ficción. Fueron Block’s Writing the Novel, de Lawrence, y un libro sobre escritura de guiones, de Syd Field; porque a cualquiera que viva en Los Ángeles y tenga pulgares se le puede encargar un guión.

Y descubrí la más increíble de las cosas. La Gran Mentira es una “mentira”. Cualquier persona puede aprender a escribir porque, a medida que leía los libros, me daba cuenta de que yo lo estaba haciendo.

Cómo llegó a convertirse en un feliz hacedor de tramas

Mientras agonizaba inmerso en la Gran Mentira, lo más frustrante de todo para mí era la “trama”, puesto que en ninguno de mis escritos la había.

Leía historias cortas y novelas, y me preguntaba cómo es que los escritores podían hacer algo así. De qué manera conseguían esos materiales geniales para sus historias. La Gran Mentira decía que estaba en sus cabezas, que era algo natural para ellos y fluía sobre la página a medida que la escribían.

Lo intenté. Intenté hacer que mi trama fluyera. Pero lo que apareció en la página fue terrible. ¡No había trama! ¡No había historia! ¡Fin!

Pero cuando comencé a aprender sobre el oficio, descubrí que la trama estaba constituida por unos elementos que se podían aprender. Y, en lo que concierne a la estructura, descubrí que cuando los elementos de la trama se colocaban en cierto orden, aparecía una historia mucho más potente.

Todavía puedo recordar el día en que realicé aquel descubrimiento. Fue una epifanía. De repente, algo hizo clic en mi cabeza y las piezas comenzaron a encajar.

Más o menos un año después, se me encargó el guión para una película. Luego otro.

Después escribí una novela que fue publicada.

Más tarde, conseguí cinco contratos para libros de ficción. Escribí aquellos libros y también se publicaron.

De repente, respiré hondo y miré hacia atrás. De alguna forma, de algún modo, había aprendido a escribir, después de todo.

La Gran Mentira había sido puesta al descubierto.

Estaba tan marcado por ella que comencé a enseñar a otros todo lo que había aprendido acerca del oficio de escritor. Quería que los nuevos escritores supieran que no estaban condenados a permanecer siempre donde ahora estaban. Podían aprender el oficio, como yo lo hice. Nunca enseñé teoría sofisticada, me dediqué a mostrarles los entresijos. Cosas que funcionaban para mí y que los nuevos escritores entendían y podían poner en práctica al momento.

Y luego ocurrió algo especial: algunos de mis estudiantes comenzaron a vender sus libros, lo que para mí supuso la parte más satisfactoria de todo aquel reto.

Esto es lo que espero que aprendas: reemplaza la Gran Mentira con la Verdad. La Verdad es que el oficio puede aprenderse y que tú, con diligencia, práctica y paciencia, puedes mejorar tu escritura.

De modo que ponte a ello.

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Referencia: Plot and Structure, James Scott Bell.

Fotografía: Alejandro Escamilla, Unsplash.

Nota: la traducción es mía. Pido disculpas por los posibles errores.




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