La librería a la vuelta de la esquina


La librería a la vuelta de la esquinaImagina que está atardeciendo y comienza a lloviznar. Tú vas caminando por la calle y te pegas a la pared en busca de cierto refugio, pero el viento viene racheado y poco puedes hacer por evitar las gotas que te punzan la cara. A unos metros de ti se encuentra la parada del autobús, pero el cartel informativo anuncia veinte minutos de retraso. Arrugas la nariz y enseñas los dientes. ¡Maldito tráfico, piensas, que se vuelve un infierno en cuanto caen tres gotas!

La lluvia arrecia, pero la marquesina de la parada está a rebosar de personas entre las que se adivina una lucha a degüello. Los que no caben bajo ella empujan a los de dentro, que protestan y se revuelven con los codos abiertos. Algunos paraguas se abren y luchan también por el espacio. Gruñes. Sólo quieres volver a casa, ponerte cómodo y sumergirte en tus lecturas. Ésas que te trasladan a un mundo de ficción en el que experimentas maravillosas existencias. Existencias vivificantes, renovadoras y, sobre todo, diferentes al alienante tedio con que vives la tuya.

Te revuelves inquieto. Cada minuto de retraso es un minuto que pierdes enredado en una vida de la que quieres escapar. Vuelves la vista un momento y compruebas que el cartel sigue marcando la misma cifra: veinte. Parece que el tiempo es capaz de detenerse cuando la EMT entra en juego. De la parada te llegan las protestas de la gente, que da unos pasos atrás cuando algún coche pasa cerca y salpica el agua de los charcos que se han formado en la calzada. Y entonces ahí está la mano que siempre se eleva por encima de las cabezas con un gesto obsceno dirigido al conductor. Todo te parece tan previsible que durante un instante te preguntas si no estarás viviendo tu propio día de la marmota.

Y entonces reparas en ella. En el chaflán del edificio en cuya fachada has buscado refugio, un pedazo de acera está iluminado por los focos instalados en el escaparate de una tienda. Te acercas y ves que es una librería. Seguro que hay quien no lo entiende, pero a ti te arranca una sonrisa. Es justo lo que necesitas para aislarte del mundanal ruido, para recorrer esa escondida senda que ha de llevarte a una vida descansada, accesible sólo a los que son como tú.

Recorres el escaparate con la mirada. Luego echas un vistazo al interior. Dentro, algunos clientes echan un ojo a las estanterías. Ves que uno coge un volumen y lo hojea, otro da la vuelta al libro que ha tomado de entre un montón de ellos apilados en una mesa y lee la sinopsis de una novela. Al fondo, un anciano recorre con el dedo índice los volúmenes ordenados alfabéticamente y, en el mostrador, el librero atiende la duda de una señora.

Para entonces, has apoyado las yemas de los dedos en el cristal que se empaña con el calor de tu aliento. Ahí dentro se guarda, como en un tabernáculo prohibido, todo un universo de maravillosas existencias. Vuelves la cabeza y echas otro vistazo al cartel de la parada. Fijos, como parece que lo están las estrellas en el firmamento, lucen los veinte minutos de marras, pero esta vez no te importa. Has decidido entrar en aquel mundo de maravillas que envidiaría el mismísmo país en el que cayera la Alicia de Carroll.

Llevas la mano al pomo y entonces ves un cartel colgado en el cristal de la puerta: Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza. Te ríes. ¿Quién habrá tenido la ocurrencia de utilizar a Dante para dar esa extraña bienvenida?, te preguntas, ¿y por qué? Empujas la puerta y sobre ti suena la campanilla. Nadie se vuelve a mirarte. Sólo el librero hace un gesto con la cabeza y te sonríe, invitándote a entrar. Das un par de pasos y la puerta se cierra tras de ti. Entonces el viento deja de ulular, el repiqueteo de la lluvia sobre el pavimento también se apaga y el tráfico parece haber dejado de circular. Nada suena allí dentro y para ti piensas que pareciera que te hubieras introducido en un mundo de ultratumba.

Te ríes de ti mismo. Oh, vamos, te has vuelto paranoico. ¿Qué podría pasar en una librería, salvo que la visite gente como tú y seas atendido por un amable librero? Por el rabillo del ojo ves que el autobús acaba de llegar a la parada. El cartel está a cero y el hecho te extraña. Miras tu reloj de pulsera y ves que se ha parado. Laxos, como si los hubiera pintado Dalí, el minutero y el segundero marcan las seis y media. Fuera, la gente empuja para hacerse un hueco en la puerta del autobús, en el que como un rebaño en el aprisco y, cuando el éste se marcha, la calle queda sola e incluso da la sensación de que un poco más oscura.

¡Qué extraño parece todo! Vuelves la mirada hacia el librero, que de nuevo te sonríe y eso te tranquiliza. Oh, vamos, te repites, ¿qué podría pasar en una librería como ésta?

Más de lo que imaginas.

No hay vuelta atrás, amigo. Acabas de entrar en La librería a la vuelta de la esquina. Las luces del escaparate se apagan, el pestillo de la puerta se echa solo y hacia ti se vuelven los rostros de los clientes que aguardaban a que tú llegaras. La librería a la vuelta de la esquina es vuestra y de entre sus anaqueles comienzan a desprenderse encantadoras investigadoras, clásicos que cobran vida, libreros excéntricos, herencias librescas, detectives suspicaces, acertijos de siglos pasados, palabras mágicas que conjuran hechizos olvidados, James Joyce, Hemingway, una dragona y hasta el mismísimo señor de las tinieblas.

La librería a la vuelta de la esquina, once relatos en busca de lector que te han elegido a ti. Ponte cómodo en esta tarde lluviosa y disfruta.

 

También te puede interesar

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies