Ése, el del escritor angustiado, es el mayor obstáculo y, al mismo tiempo, uno de los retos más desafiantes a los que nos enfrentamos hoy en día los que nos tomamos en serio esto de la escritura y deseamos vivir de ella.


El escritor angustiado


A lo mejor no te estoy descubriendo nada del otro mundo y ya tienes esta lección aprendida, pero no está de más recordarla porque a veces se disipa entre las múltiples tareas a las que nos debemos y puede llevarnos a experimentar un sentimiento de culpa cuyos efectos se despliegan desde una levedad apenas perceptible hasta niveles de potencia armagedónica.


 

El escritor angustiado

 

Aún está por llegar el fin de los tiempos

Después de mis dos últimos (y primeros) balances como escritora (el de enero y el de febrero), se me han disparado todas las alarmas al comprobar que las cosas no van como yo había previsto. No es que ya esté buscando una cuchilla de afeitar con la que abrirme las venas, pero el cariz hacia el que apuntan no me gusta.

Vale, lo reconozco, suelo ser un poco exagerada y enseguida veo aproximarse el meteorito dirigiéndose, inequívoco y eficaz, directo a mi coronilla, pero el hecho de ser consciente de mis defectos no le resta un ápice de autenticidad a mis sentimientos, que ahora mismo son los de un escritor angustiado.

Por eso he decidido que voy a volver a mi Diario de una escritora, aunque en este caso lo voy a alimentar con una frecuencia semanal.

 

Diario de una escritora

 

Quiero poner un poco de calma y sensatez en el divagar apocalíptico que últimamente le da por dibujar a mi fértil imaginación y convencerme de que las cosas no van tan mal como esa voz traidora me susurra desde mi propia cabeza.

¡Vete!

No, tú no, lector. La voz.

 

El escritor no sólo escribe

He ahí el problema.

Escribir, lo he dicho docenas de veces en este blog, es nuestra tarea prioritaria, ¡pero no la única! Y, sin embargo, ¡qué olvidadiza!, yo suelo arrinconar en la memoria esta segunda parte de la afirmación. De ahí que la incertidumbre se esté ahuecando las plumas con delectación y poniéndose cómoda, mientras me conduce entre desvelos hacia los pesarosos mundos del escritor angustiado.

Con la obsesión de producir historias que ofrecer al lector, a veces te pasa desapercibido un hecho fundamental: escribir, generar nuevo texto, no es el único trabajo del escritor. Primero tiene que planificarlo y luego, una vez que se le ha dado vida a través de la escritura, debe corregirlo.

Y eso sin entrar en otros cometidos como el de alimentar el blog, las redes sociales o entregarse al networking y bla, bla, bla, de lo que no me voy a ocupar hoy.

Hoy sólo toca la faceta meramente literaria, que consta de cuatro pasos:

  1. Planificar.
  2. Escribir.
  3. Reescribir.
  4. Corregir.

Unas tareas que hay que realizar sí o sí.

 

El escritor angustiado

O sea, yo.

¿Por qué? Porque me da la sensación de que, si no estoy empeñándome en el segundo de los pasos, no estoy haciendo mi trabajo.

¡Seré idiota!

Y, sin embargo, oye, así es como me siento: irresponsable, idiota y angustiada.

Un sentimiento que no tiene razón de ser: si me paro un momento a repasar el trabajo que he realizado durante los meses de enero y febrero, me doy cuenta de que los he pasado:

  • Planificando la cuarta novela de la señora Starling.
  • Planificando una historia de espionaje que de momento no voy a escribir, pero que está almacenada en el disco duro de mi ordenador para cuando quiera hacerlo.
  • Reescribiendo la tercera novela de la señora Starling.
  • Revisándola antes de enviársela a mis lectores cero.
  • Y corrigiendo “Quadrivium”, la segunda entrega de Carter & West, que ya está en manos del corrector.

¿A qué tanta ansiedad, por tanto? ¡Caray, si he trabajado un montón! No debería sentirme así, sobre todo porque ya he pasado por esto, pero parece que no aprendo. Lo dicho: idiota perdida y con claros síntomas de padecer la enfermedad el escritor angustiado.

 

Un poquito de compasión

Me la recetaba a mí misma a principios de agosto del año pasado y llegué a escribir sobre piedra un mandamiento:

No seas condescendiente, pero sí compasiva contigo misma.

Precioso, pero me lo salto a la torera día sí y día también. ¡Perdóneme, padre, porque he pecado! Y parece que me regocijo en ello y no estoy dispuesta a hacer propósito de enmienda.

Tal vez deba medicarme de nuevo o empaparme de teoría aristotélica hasta que encuentre el dichoso término medio y, con él, la virtud. La virtud de ser exigente, pero templada y benevolente al mismo tiempo.

Nota: igual debería incluir entre mis próximas lecturas el libro de Kristin Neff, Sé amable contigo mismo, para aprender a darme un poquito de cancha y alejarme de ese peligroso abismo al que se asoma el escritor angustiado.

 

Yo me lo guiso, yo me lo como

Para, para un poco… No hago nada más que darme consejos que luego no sigo. Ya me lo decía aquí: hay que saber poner las cosas en su sitio, no dejarse agobiar por la angustia ni aturdir por las prisas.

¡Qué teoría tan estimulante!

Y, sin embargo, qué poco me aplico en ella.

Diligencia, sí; celeridad sin razonamiento, no. Resulta fácil escribirlo, pero muy difícil mantenerlo presente.

Las prisas son el dolor de muelas que me está dando por saco últimamente y que me están convirtiendo en ese escritor angustiado que pierde el norte. ¿Pero adónde voy con ellas?

Al abismo.

 

¡Necesito un piolet!

Si no quiero caer rodando por una montaña erizada de rocas, mejor voy a asegurarme con una gruesa maroma y fuertes anclajes.

De entre las nueve tareas importantes a las que debería dedicarme esta semana, cuatro empiezan por la palabra corregir y sólo una por la palabra escribir.

Bien, eso me llevará a:

  • Publicar una nueva novela a finales de mes o principios de abril.
  • Participar en una nueva antología de relatos.
  • Progresar en la publicación de la segunda entrega de Carter & West, que verá la luz de aquí a pocos meses.
  • Avanzar en la escritura de una nueva novela.

¿No es genial?

Por poco que escriba de esa nueva novela, los demás puntos se  dirigen inexorables hacia tres nuevas publicaciones.

Ahora mismo debería estar saltando y gritando por la casa en vez de estar alimentando el insaciable estómago del dichoso escritor angustiado.


Saltar y gritar de alegría.

 

Conclusión

La entrada de hoy va a ser mi piolet para la semana: aunque el número de palabras que escriba no llame a asombro, estoy trabajando, estoy mejorando y estoy avanzando en mi carrera literaria.

El próximo domingo, más 🙂 Hasta entonces.

Fotografía de entrada: Ian Espinosa, Unsplash.



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